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soc una dona

La violencia machista es la que sufrimos las mujeres por el mero hecho de serlo. A consecuencia de las relaciones desiguales con los hombres, basadas en el machismo, no podemos ser del todo autónomas ni alcanzar la plena ciudadanía, cosa que implica una vulneración de los derechos humanos. Todas tenemos derecho a vivir con libertad y a no ser discriminadas, no explotadas ni maltratadas. Si sufres una situación injusta o sabes de alguien que se encuentre, tienes que saber que no estás sola y que te ayudaremos.

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Silvia Llanto
Asmaa Aouattah Seguiré lluitant pels meus principis: igualtat de drets i respecte mutu
Silvia Llanto

‘No tenemos ni desinfectante ni mascarillas, llevo un tiempo con la misma mascarilla, la lavo por la noche y por la mañana me la pongo, puedo perfectamente tener coronavirus y contagiar a mis abuelitos, como puede ser?’, me informa Silvia por Whatsapp, con pena en el corazón.

Es trabajadora familiar, atiende domiciliariamente a personas dependientes. A sus abuelitos , como le gusta llamarles. Y lo hace con todo el amor y la sabiduría mamadas en su Perú natal.

La pandemia, sin embargo, ha removido muchas de las creencias hasta ahora inalterables, como que la gente mayor importa o quién es esencial, más allá de la etiqueta, y quién no.

Cuando muchas de nosotras estábamos en casa confinadas, teletrabajando y fuera de peligro, Sílvia recorría las calles de Mataró para llegar a los domicilios donde presta atención especial a las personas que tiene asignadas desde el Servei d’Atenció Domiciliària de Mataró (el servicio de atención domiciliaria de Mataró). También se los recorrió para recoger tela, alcohol y mucho más material para fabricar EPIs caseras.

Hemos hablado con Sílvia de todo esto y mucho más por videoconferencia. Y me ha enseñado, desde su casa, sus armas de resistencia. Cuando la llamé, estaba haciendo estrellas de cartón pero no le salían bien del todo. Me las enseñaba y reía.

— ¿Qué quieres hacer con ellas, Sílvia?

Pues estoy preparando regalos de Navidad para mis abuelitos y para todo el que necesite embellecer un dia que con una estrella quizá no sea tan triste.

— ¿Todavía trabajas en el SAD?

Sí, no he parado ni un día desde que todo esto empezó.

— Recuerdo que cuando se declaró el estado de alarma me viniste a buscar con una botella de alcohol para fabricar jabón. ¿Cómo fue todo aquello?

La empresa que me contrató no  nos facilitó EPIs y tuve miedo de contagiar a las personas con las que trabajaba, o que me contagiaran ellas a mi. No sabía qué hacer.  Presenté quejas por todas partes pero nadie hizo caso. Fue desolador ver como todo el mundo prioriza la afiliación política sobre la seguridad de las personas, sobretodo de la gente mayor de la que hacen tanta bandera. Estaba desesperada, tenía miedo y acababa de descubrir que no valemos nada, ni nosotras ni los abuelos. Aquel aplauso que se oía desde los balcones me parecía pura hipocresía. Para mi, se acababa una época y empezaba otra.

De repente, nos volvimos esenciales. Esenciales solo por cumplir con las obligaciones que tenemos, que ya las sabemos, pero no  en cuanto a nuestros derechos. Cada día hacía los recorridos sola por la calle. No había nadie más por la calle. Mis abuelos estaban solos, totalmente solos. El único contacto que tenían con el mundo exterior era yo. A quién tenía hijos o hijas le dejaban comer en la puerta y se iban. Todo aquello para mi era inhumano. Los abuelos podrían haberse muerto de pena si no fuera porque alguien les iba a visitar y les ayudaban con sus necesidades básicas. Y por suerte, ninguno de ellos se contagió. Me protegí tanto como pude para ellos.

Desdel primer momento, tuve una terrible sensación. Ví com se acababa de instaurar un nuveo orden mundial, y nadie hizo nada.

— ¿Tenían miedo?

Miedo, sensación de estar abandonados, angustia. Pero yo les decía ‘de esta vamos a  salir juntos’, y les ayudaba a sentirse mejor. Más allá de cumplir con las tareas que requiere el servicio: limpiar, duchar, etc. Hacíamos muchas actividades de entretenimiento: manualidades, música, canto, planificamos juntos los menús… Yo compraba todo el material que hacía falta. Hice de psicóloga, arte-terapeuta, administradora y trabajadora familiar. Me siento muy satisfecha y al mismo tiempo agradecida  porque en todo este proceso todos hemos aprendido y hemos crecido mucho. El día que recibí un mensaje de un internado en una residencia por decisión familiar que decía ‘cuando entrabas a casa, la alegría entraba contigo’, fue el día más feliz de mi vida.

— Sílvia, el 8 de Marzo te plantaste sola delante del ayuntamiento de Mataró, con una pancarta que decía tu subcontrato me maltrata.  Me pareció un acto muy valiente. ¿Cómo fue?

Sí, tenía mucha rabia acumulada dentro. Veía como peligraba la vida de los abuelos y la nuestra. ¿Cómo podría ser que un sector esencial y tan frágil no tuviera protección suficiente? Si somos tan esenciales, ¿por qué no nos contrata directamente el ayuntamiento? ¿Por qué no presionan a la empresa para que facilite EPIs, nos pague bien y se nos reconozca? ¿Por qué murieron tantos abuelos en la residencia de Gatassa? Todavía siento un nudo en la garganta cuando pienso en ello. Esta rabia que siento me llevó a plantarme allí, sola con mi pancarta.

— Nadie puede olvidar lo que pasó en Gatassa. Pero cuando la mayoría solamente llorábamos, tú pasaste a la acción.

Hacía poco que había aceptado el cargo de coordinadora de la VocalIa de Dones de l´Associació de Veïnes i Veïns de Cerdanola, el barrio de Mataró donde vivo, y también el de vocal de la junta. Vimos que si se ponía en marcha alguna acción en nombre de alguna entidad, tendría más impacto y así fue como impulsamos la acción-denuncia de los hechos en Gatassa. Enviamos demandas de investigación, cartas, manifiestos. Nadie más en la ciudad llevó a cabo una acción así, lo hicimos las personas a las que nos consideran ́ de fuera ́.

— Además, también  impulsaste la fabricación de EPIS. Eso fue un trabajazo no?

Mira, sinceramente, todo empezó porque soy así de tozuda e inquieta. Cuando entraba a casa no conseguía desconectar de todo el horror que me rodeaba. Era la época en la que no había EPIs ni para comprar. La gente hacía colas largas delante de las farmacias para hacerse con guantes y desinfectantes.

Yo no sabía coser ni hacer nada.  Tenía una tela de Barbie (ríe). La cogí y pedí ayuda a una de las miembros de mi vocalía. ¿Como no se me había ocurrido antes que las mujeres tenemos mil dones? Constanz, la ex presidenta del AVV de Cerdanyola enseguida se ofreció a coser mascarillas y guantes. Entonces fue cuando hice la llamada para conseguir tela. Y comencé a repartir mascarillas y guantes a todo  aquel que necesitara. Incluso repartí material por la calle.

Después llegó el turno de las batas. Una enfermera amiga mía se  puso en contacto al saber esto de las EPIs que fabricamos y me dijo que no tenían batas, que utilizaban bolsas de basura. Entonces, también preparamos batas y las repartimos incluso en el hospital de Bellvitge. Y finalmente llegó el trueno del desinfectante. Con alcohol y aloe, fabricamos jabón que también repartimos. Yo les llevé a mis abuelos.

— Sabemos que la pandemia azotó a muchos de los colectivos ya de por sí vulnerables, como las personas de origen migratorio. En un barrio como Cerdanyola, donde hay muchas catalanas de otros orígenes, se debe haber notado mucho el impacto de la crisis sanitaria.

Sí, recibía muchas demandas de ayuda. Muchas de las familias se quedaron sin ingresos, sin red familiar y comunitaria. Y si encontraron en la miseria más absoluta. Intentamos ayudar como pudimos. Pero entre que nuestros recursos son escasos y que las medidas de seguridad no permiten mucho contacto, nuestra ayuda se limitó a proporcionar alimentos y ropa que también recogemos a través de entidades como Cruz Roja, Cáritas etc. Incluso organicé un ropero solidario, pero se desestimó porque fomenta el contacto sin distancia de seguridad.

Una de las acciones en las que también participé a través de las redes fue Internet es un derecho, una campaña estatal promovida por un colectivo valenciano para paliar la brecha digital entre hombres y mujeres y entre colectivos. El covid ha obligado a hacer los trámites online: las citas, las solicitudes de ayudas, las reclamaciones, las renovaciones de permisos de residencia, todo, absolutamente todo. Pero poco les importa cómo se lo maneja la gente para acceder: si tienen acceso a internet, si saben hacer un certificado digital, si saben  manejar las nuevas tecnologías… Mucha gente no tiene estos conocimientos porque nadie les ha enseñado. ¿Cómo quieren que la gente haga trámites si no saben cómo hacerlo? Esta campaña lo denuncia y hace una llamada para facilitar la formación necesaria y el acceso a internet para todo el mundo, al amparo de lo que dicen los tratados internacionales.

Y tampoco hay citas para renovar los tratados de residencia y de trabajo. Es un desastre el tema de las citas. Hay mafias que se enriquecen vendiendo. El gobierno dice que no, pero yo sé que sí, todo el mundo lo sabe.

— Silvia, no quisiera pasar por alto un tema que nos ocupa y preocupa durante un tiempo, que es la  avalancha de insultos y comentarios racistas que sufristeis tu y el presidente de la asociación

Sí, ya se veía venir. La aceptación de nuestra incorporación a la asociación,  yo como vocal y otro compañero como presidente, todos de origen migratorio, no fue unánime. Hay como un miedo a que la asociación se convierta en una asociación de inmigrantes que solo se preocupe por su gente, y esto no tiene ni pies ni cabeza. Nadie recuerda cómo luchamos por la gente mayor de la residencia de Gatassa, donde no hay ninguna persona de origen migratorio, ni de cuándo repartimos mascarillas, gel, guantes y batas a todo el que las necesitaba. Se han quedado con la llamada de la asociación para empadronar a las personas sin domicilio fijo que viven en Mataró y que el ayuntamiento no quiere empadronar a pesar de que hay una ley que lo obliga. Entonces empecemos a recibir insultos, difamación en los medios y hasta una llamada a atacar nuestro local.

Además, en la junta a veces se mezcla el racismo con el machismo. Soy la única voz femenina y, encima, no paro de proponer proyectos para favorecer a los colectivos más vulnerables. Pero no me doy nunca por vencida. Que hagan y digan lo que quieran, yo seguiré luchando por mis principios: igualdad de derechos y respeto mutuo.

Cuando entraba en casa no conseguía desconectar de todo el horror que me rodeaba. Era la época en la que no había EPIs ni para comprar.

— ¿Qué haces actualmente, Sílvia?

Pues, mira. Me ha dado por bordar (y ríe de nuevo). Yo nunca había bordado. Había trabajado un tiempo en la Gatassa, veía que las batas que utilizamos no tenían ningún distintivo especial y empecé a bordar en ella cosas, pero lo dejé estar. Con todo esto de la pandemia, tenía mucha necesidad de sacar la rabia contenida, la impotencia y la indignación. Desde entonces el bordado se convirtió mi nueva arma de resistencia, la manera de tejer red, atar nudos, comunicar mis sentimientos. Es como la vida misma. Tengo compañeras y amigas de diferentes países que también hacen del arte su arma de resistencia a través de la cual transmiten sus mensajes, como Natalia Cabezas. Es un saber hacer antiguo de nuestras tierras de origen. Lo hemos heredado y la tenemos que hacer perdurar. Un retorno al origen.

Ahora escribo mi diario de la pandemia a través del bordado. Y también escribo el diario de una trabajadora esencial, pero este con poesía.

— La pandemia aún no ha terminado y parece que vuelve con más fuerza que nunca. ¿Cómo ves todo esto Silvia?

A mí se me confirma lo que ya he dicho antes: el nuevo orden mundial ya está aquí y nadie hace nada. Nos han segregado y han sembrado el miedo en nosotros. El toque de queda me resulta horroroso. Yo viví toques de queda en diferentes etapas de la historia de Perú, y nunca me hubiera imaginado que aquí nos lo encontraríamos. Los toques de queda, los confinamientos, … todas estas medidas son en detrimento de los derechos esenciales: asegurar algunas necesidades básicas a cambio de las libertades es otra arma de control, nada más. Nos volverán a confinar, las miserias quedarán escondidas en las casas y nadie sabrá nada.

Quiero luchar por un mundo mejor. Quiero conseguir que las mujeres tengan autonomía económica y, en tiempos de pandemia, es más necesario que nunca. Es cierto que todo ello desespera, pero hemos tejido alianzas que nos dan fuerza a las catalanas de otros orígenes y cada vez ponemos más énfasis en el cuidado mutuo y la auto-cuidado para avanzar con confianza en este camino difícil de la igualdad de oportunidades.

Silvia Llanto
Asmaa Aouattah

Asmaa Aouattah és llicenciada en filosofia per la Universitat Mohamed Ben Abdellah de Fes (Marroc); Màster en Construcció i Representació d’Identitats Culturals per la Universitat de Barcelona; i Màster en Agents d’Igualtat d’Oportunitats per la Universitat de Lleida. Treballa com a agent d’igualtat al Consell Comarcal del Maresme, a Mataró. És conferenciant i tallerista en llengua i cultura amazigues, immigració i igualtat de gènere; traductora de l’amazic i a aquesta llengua del català, el castellà, el francès i l’àrab. Codinamitza el programa ‘Migrades’ de Mataró Ràdio, ha estat membre de la Coral Primavera per la Pau i del Festival Diversita’t. Ha publicat ‘L’Etern retorn’, un recull de relats sobre dones valentes i desacomplexades que trenquen amb l’opressió.